He aquí mi secreto, que no puede ser más simple :
sólo con el corazón se puede ver bien.
lo esencial es invisible para los ojos.

Quien no ha pasado por esta etapa o no ha tenido nada que ver con ellos, nos dirá lo contrario. Todo el mundo ha tenido que ver con ellos de alguna manera.
El que es maestro, papá, mamá, tía, tío, abuela, abuelo, vecino... sabe a lo que nos referimos. Solo hay que atreverse a decirlo en voz alta para imaginar y confirmar lo que queremos decir con el tema de este ensayo.
¿Qué niños?, ¿qué rumbo?.
Para dar respuesta a estas preguntas que planteamos partiremos desde el punto de vista religioso. En el Nuevo Testamento se lee tanto en el Evangelio de Mateo y Lucas la historia de un niño que nos cambió el rumbo. Ese niño fue Jesús. Su madre y su padre habían subido a Jerusalén para empadronarse. Allí le llegó el momento de dar a luz y “lo envolvió en pañales y lo acostó en una pesebrera, porque no había lugar para ellos en la sala común” . (Evangelio de San Lucas.2,7.)

Después de este acontecimiento, le va a seguir otro: La huída a Egipto “…toma al niño y a su madre y huye a Egipto…” –cambio de rumbo- Herodes quiere matar al niño porque cree que éste le ha venido quitar su trono. No quiso jugársela. Cambiar de rumbo iba a ser muy drástico –después de cuatro generaciones de dinastía en el poder: Herodes Antípas; Arquéalo, el grande y este último-, los cuales tenían más claro su deseo de poder que el de servir.
Más adelante se nos contará sobre su encuentro con dos ancianos: Simeón y Ana, los cuales al ver a este niño van a decir en voz alta lo que les está provocando en el corazón y en las entrañas. “…ahora ya puedes dejar que tu servidor se vaya en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador...” (Evangelio de San Lucas. 2,29-30). Su condición, no fue un impedimento para encontrarse con el que les iba a revelar la cercanía de Dios. Más bien, esto fue el talante para decir en voz alta: “me he encontrado con él y no solo ha cambiado mi rumbo sino que cambiará el de los demás”.

Más tarde Jesús les dirá a los de su generación: “Dejen que los niños vengan a mí. ¿Por qué se lo impiden? El Reino de Dios es para los que se parecen a los niños, …”. (Evangelio de San Marcos, 10,14-15) ¿Por qué se los repetía tantas veces? ¿Qué lugar ocupaban cultural, religiosa, económica y socialmente estos niños? Ellos iban marcando de alguna manera la historia y no lo sabían.
¿Los niños en su tiempo y en el nuestro ocupan un lugar significativo? La historia nos va a dar respuestas que posiblemente no acierten a lo que esperamos.
Y mientras que la historia nos responde, contestemos a esta otra pregunta: ¿Hay entre nosotros alguno que ya tiene claro esta opción por ellos desde el lugar que se encuentra? La India, Japón, África, China… lo tendrán claro? Solo habría que echar un vistazo a los informes que nos envía la UNICEF (Fondo de las naciones unidas para la infancia), organización que fue fundada en el año de 1946 y que desde 1954 llega a nuestro país ¿Qué lugares ocupan estos niños en los distintos sectores: salud, escuela, trabajo, etc. ?

A nosotros, a los que nos encontramos de este lado de la periferia de la ciudad, compartiendo el sueño de San José de Calasanz (1557-1648), nos cuestiona la situación actual de los niños que nos llegan a esta escuela. Es una población de 426 niños y niñas. Cuarenta y seis de ellos llegan aquí de dos Casas Hogar. Otros, nos vienen de familias disfuncionales, otros (minoría) de una familia en la que aún se encuentra sin fracturas. Nos cuestiona, todo lo que cada uno lleva consigo –aparte de su mochila y su tarea-. Sus gritos y silencios, sus juegos y sus bromas, sus gestos y palabras nos van revelando sin que nos demos cuenta lo que son y lo que no son. Lo que quieren y lo que no. Pero, ¿cómo abordar esta realidad concreta que nos desborda? ¿Cómo estar con ellos si no nos vamos haciendo uno con ellos? No será que en el fondo no queremos cambiar de rumbo para no dejar nuestros “pendientes”: familia, amigos, casa, trabajo... No llegamos a creernos del todo eso de “El que reciba en mi nombre a uno de éstos niños, a mí, me recibe. Y el que me reciba a mi, no me recibe a mí, sino a aquel que me ha enviado” (Evangelio de Marcos, 10,15)
Perales, cantautor español creó una canción para decirnos al mundo lo que los niños quieren decirnos y no se animan sino es a través de una canción:
Que canten los niños que alcen la voz
que hagan al mundo escuchar
que unan sus voces y lleguen al sol
en ellos está la verdad.
Que canten los niños que viven en paz
y aquellos que sufren dolor
que canten por esos que no cantarán
porque han apagado su voz.
Yo canto para que me dejen vivir
Yo canto para que sonría mamá
Yo canto porque sea el cielo azul
Y yo para que no me ensucien el mar
Yo canto para no los que no tiene pan
Yo canto para que respeten la flor
Yo canto porque el mundo sea feliz
Y yo canto para no escuchar el cañón.
Que canten los niños que alcen la voz
que hagan al mundo escuchar
que unan sus voces y lleguen al sol
en ellos está la verdad.
Que canten los niños que viven en paz
y aquellos que sufren dolor
que canten por esos que no cantarán
porque han apagado su voz.

Yo canto porque sea verde el jardín
Y yo para que no me apaguen el sol
Yo canto por el que no sabe escribir
Y yo por el que escribe versos de amor
Yo canto para que se escuche mi voz
Y yo para ver si les hago pensar
Yo canto porque quiero un mundo feliz
Y yo por si alguien me quiere escuchar.
Que canten los niños que alcen la voz
que hagan al mundo escuchar
que unan sus voces y lleguen al sol
en ellos está la verdad.
Que canten los niños que viven en paz
y aquellos que sufren dolor.
que canten por esos que no cantarán
porque han apagado su voz.
Por lo tanto, será necesario escucharlos, acompañarlos, estar con ellos desde el lugar donde nos encontremos para que sigan cambiando no sólo la historia sino “mi rumbo”. Ellos son una parte muy visible en nuestro mundo ¿Qué no les vemos?
En conclusión Traigamos “aquí y ahora” aquella canción de Serrat: “Esos locos bajitos” en la que si nos dejamos interpelar por su mensaje, nos estaremos sabiendo llamados a una misión: “los niños cambian mi rumbo”. No solo el mío sino también el tuyo y el de otros que van contigo en este viaje.
Esos locos bajitos que se incorporan
con los ojos abiertos de par en par,
sin respeto al horario ni a las costumbres
y a los que, por su bien, hay que domesticar.
Niño,
deja ya de joder con la pelota.
que eso no se dice,
que eso no se hace,
que eso no se toca.
Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma,
nuestros rencores y nuestro porvenir.
Por eso nos parece que son de goma
y que les bastan nuestros cuentos
para dormir.
Nos empeñamos en dirigir sus vidas
sin saber el oficio y sin vocación.
Les vamos trasmitiendo nuestras frustraciones
con la leche templada
y en cada canción.
Niño,
deja ya de joder con la pelota.
que eso no se dice,
que eso no se hace,
que eso no se toca.

Nada ni nadie puede impedir que sufran,
que las agujas avancen en el reloj,
que decidan por ellos, que se equivoquen,
que crezcan y que un día
nos digan adiós.
"No es grande quien transforma el estado de la materia, sino quien transforma el estado de la mente"
Gabino Barreda